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Mercaderes de la verdad y mercaderes de la ficción
Por Gustavo Alexis Márquez Villa Para el profesor Una de las mayores bendiciones con que contamos los seres humanos, sin lugar a dudas, es la posibilidad que nos brinda la vida misma de aprender de manera constante y permanente. Obviamente nadie nace culto. Iniciamos la vida con una carga genética, algún nivel de inteligencia, un puñado de dones y talentos; pero, en materia de formación, el disco duro lo traemos vació. Así que durante nuestro tránsito por la vida vamos aprendiendo infinidad de cosas, desde que iniciamos los primeros pasos como infantes exploradores del mundo, hasta convertirnos en profesionales dedicados y productivos. Luego, el acumular de experiencias hará el resto… Sin embargo, y a pesar de que nacemos en un entorno social, no todos los seres humanos vivimos el proceso de socialización de la misma manera; pues relacionarnos con nuestros semejantes puede ser una bendición para unos y un tormento para otros. Al estrenarnos en el mundo como niños los seres humanos somos transparentes, sinceros, despreocupados, curiosos, ingenuos y frágiles. A medida que crecemos y maduramos vamos perdiendo parte de esa inocencia y ese ser cristalinos, para dar paso a un proceso de formación y de modelado, según el ecosistema en el que nos toque vivir; así como influenciados por el hogar, los centros de formación, el entorno, las amistades y, en algunos casos, por influencia directa de modelos a seguir. Ya un poco más adultos, van aflorando rasgos ocultos de nuestro carácter, pues hasta ahora habíamos mostrado sólo la fachada de nuestra personalidad; pues con la convivencia reiterada afloran aquellas cualidades y/o defectos que permanecían escondidos hasta ahora. En efecto, los seres humanos podemos ser básicos y predecibles, o complejos y misteriosos; podemos manejarnos con soltura o dificultad, con aciertos o torpezas; podemos brindar alegrías o molestar; ser amados u odiados; ser tercos y obstinados o aceptar otros puntos de vista. Pero, en todo caso, los seres humanos llegamos a este mundo para labrarnos un destino. Pero formarnos sólo es la mitad del camino, pues el conocimiento no debe quedarse estancado, sino fluir y pasarse de cerebro a cerebro. De allí que el enseñar a otros constituya uno de los dones más preciados que debemos cultivar los seres humanos, como es el compartir. Así se cierra un círculo maravilloso, donde el proceso de enseñanza-aprendizaje conlleva un sentido de amplitud, de intercambio, de crecimiento, de maduración y, nuevamente, de socialización. Paradójicamente, no todos tenemos la capacidad para aprender o enseñar. Hay quienes pasan por la vida vistiendo finos ropajes, tras los cuales se oculta una vida pobre, o una pobre vida. Las personas que hacen siempre las mismas cosas, esperando resultados diferentes, están destinadas al fracaso. Por el contrario, quienes apostamos por aceptar nuestros errores, rectificar, corregir y enmendar recogeremos frutos. Quienes mantenemos la humildad como esencia de vida y apostamos por el crecimiento colectivo, quienes abrazamos los cambios evolutivos y la renovación permanente, probablemente veremos muchas luces al final del túnel. Nadie es dueño de la verdad absoluta. La variedad de puntos de vista siempre estarán allí para recordarnos que los seres humanos no somos iguales, que no percibimos en mundo de la misma manera, que nos relacionamos de manera distinta con nuestros semejantes. Por eso el estudio, la formación integral, el crecimiento espiritual, el liderazgo y la humildad son tan importantes para la subsistencia en armonía de los seres humanos. Un buen gerente delega, pero hace seguimiento; confía, pero no baja la guardia. Un líder necesita ser respetuoso, para convertirse en faro luminoso en tiempos de tormenta, modelo a seguir y, sobre todo, el punto de equilibrio que nos brinda serenidad, confianza y nos hace desarrollar un sentido de lealtad; que no sólo funciona cara a cara, sino que debe prevalece hacia los que no están presentes; de allí la importancia de la lealtad al ausente. A quienes nos han invitado a apostar por un proyecto educativo, como sembradores de esperanza en el terreno fértil de las conciencias juveniles, lo hacemos con la convicción de que a futuro cosecharemos ciudadanos de primera y lograremos entregar en herencia una sociedad sin utopías; pues las generaciones de relevo son el Norte, el incentivo, la escusa perfecta para seguir cultivando el saber, propio y ajeno, pues a fin de cuentas la mayoría compartimos un mismo sueño, una misma esperanza, un mismo destino: la Tierra de Gracia. Ser parte de un equipo de trabajo que apuesta por el éxito es una fortuna. Contar con miembros valiosos en ese equipo es una bendición. Cultivar la amistad, el respeto y el cariño dentro del equipo laboral es un regalo muy nutritivo. Nos enorgullece el equipo que nos invitó a construir juntos un sueño educativo; porque no sólo de los aciertos se aprende, pues también nuestros errores y los errores ajenos son fuentes de inspiración para la rectificación y el posterior crecimiento. Por eso es que, a pesar de que —por momentos perdamos el Norte o la brújula— seguimos apostando por un sueño educativo, aprendiendo a rectificar el rumbo y poder llevar a buen puerto y a aguas tranquilas a este esperanzador proyecto llamado Venezuela.Innova / 07/06/2011.
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